cuentos
La abeja reina Zafia y disipada era la vida en la que cayeron dos príncipes que habían partido en busca de aventuras, y así no podían volver de ninguna manera a su casa. El benjamín, el bobo, salió en busca de sus hermanos. Cuando los encontró se burlaron de que él, con su simpleza, quisiera abrirse camino en el mundo cuando ellos dos, siendo mucho más listos, no eran capaces de salir adelante. Se pusieron a andar juntos y llegaron a un hormiguero. Los dos mayores quisieron revolverlo para ver cómo las pequeñas hormigas correteaban asustadas de un lado a otro llevando consigo sus huevos, pero él bobo dijo: -Dejen en paz a los animales. No consiento que los molesten. Luego siguieron adelante y llegaron a un lago en el que nadaban muchos, muchos patos. Los dos hermanos mayores quisieron cazar un par de ellos y asarlos, pero el bobo dijo de nuevo: -Dejen en paz a los animales. No consiento que los maten. Finalmente llegaron a una colmena. Dentro había tanta miel que rebosaba tronco abajo. Los dos quisieron prender fuego bajo el árbol para que las abejas se asfixiaran y ellos pudieran quitarles la miel. El bobo, sin embargo, los detuvo otra vez diciendo: -Dejen en paz a los animales. No consiento que los quemen. Los tres hermanos llegaron entonces a un palacio en cuyas caballerizas había un montón de caballos petrificados, pero no se veía a ningún ser humano. Recorrieron todas las salas hasta que al final llegaron ante una puerta que tenía tres cerrojos. En mitad de la puerta, sin embargo, había una mirilla y por ella se podía ver lo que había dentro del cuarto. Allí vieron a un hombrecillo gris sentado a una mesa y lo llamaron a voces, una vez..., dos veces..., pero no los oyó. Finalmente lo llamaron por tercera vez y entonces se levantó y salió. No dijo ni una palabra, pero los agarró y los condujo a una opípara mesa, y cuando hubieron comido llevó a cada uno de ellos a un dormitorio. A la mañana siguiente entró en el del mayor, le hizo señas con la mano y lo llevó a una mesa de piedra, sobre la cual estaban escritas las tres pruebas que había que superar para desencantar el palacio. La primera era así: en el bosque, debajo del musgo, estaban las mil perlas de la princesa; había que buscarlas y antes de que se pusiera el sol no tenía que faltar ni una sola o, de lo contrario, quien hubiera emprendido la prueba se convertiría en una piedra. El príncipe fue allí y se pasó el día entero buscando, pero cuando el día tocó a su fin no había encontrado más que cien y quedó convertido en piedra. Al día siguiente emprendió la aventura el segundo hermano, pero, al igual que el mayor, se convirtió en piedra por no haber conseguido hallar más que doscientas. Por fin le tocó el turno al bobo y se puso a buscar en el musgo, pero era tan difícil encontrar las perlas y se iba tan despacio que se sentó encima de una piedra y empezó a llorar. Y, según estaba allí sentado, el rey de las hormigas, al que él una vez había salvado, llegó con cinco mil hormigas que, al cabo de un rato, ya habían encontrado todas las perlas y las habían reunido en un montón. La segunda prueba, en cambio, consistía en sacar del mar la llave de la alcoba de la princesa. Cuando el bobo llegó al mar se acercaron nadando los patos a los que él una vez había salvado; éstos se sumergieron y sacaron la llave del fondo. La tercera prueba, sin embargo, era la más difícil: entre las tres durmientes hijas del rey había que escoger a la más joven y predilecta; pero eran exactamente iguales y en lo único que se diferenciaban era en que la mayor había tomado un terrón de azúcar, la segunda sirope y la menor una cucharada de miel, y había que acertar sólo por el aliento cuál de ellas había comido la miel. Entonces llegó la reina de las abejas que el bobo había salvado del fuego, tentó la boca de las tres y al final se posó en la boca que había tomado miel, y el príncipe reconoció así a la verdadera. Entonces se deshizo el encantamiento, todo quedó liberado del sueño y los que eran de piedra recuperaron su forma humana. El bobo se casó con la más joven y predilecta de las princesas y cuando murió el padre de ella, se convirtió en rey. Por su parte, sus dos hermanos se casaron con las otras dos hermanas. FIN El gato con botas Érase una vez un molinero que tenía tres hijos, su molino, un asno y un gato. Los hijos tenían que moler, el asno tenía que llevar el grano y acarrear la harina y el gato tenía que cazar ratones. Cuando el molinero murió, los tres hijos se repartieron la herencia. El mayor heredó el molino, el segundo el asno y el tercero el gato, pues era lo único que quedaba. Entonces se puso muy triste y se dijo a sí mismo: «Yo soy el que ha salido peor parado. Mi hermano mayor puede moler y mi segundo hermano puede montar en su asno, pero ¿qué voy a hacer yo con el gato? Si me hago un par de guantes con su piel, ya no me quedará nada.» -Escucha -empezó a decir el gato, que lo había entendido todo-, no debes matarme sólo por sacar de mi piel un par de guantes malos. Encarga que me hagan un par de botas para que pueda salir a que la gente me vea, y pronto obtendrás ayuda. El hijo del molinero se asombró de que el gato hablara de aquella manera, pero como justo en ese momento pasaba por allí el zapatero, lo llamó y le dijo que entrara y le tomara medidas al gato para confeccionarle un par de botas. Cuando estuvieron listas el gato se las calzó, tomó un saco y llenó el fondo de grano, pero en la boca le puso una cuerda para poder cerrarlo, y luego se lo echó a la espalda y salió por la puerta andando sobre dos patas como si fuera una persona. Por aquellos tiempos reinaba en el país un rey al que le gustaba mucho comer perdices, pero había tal miseria que era imposible conseguir ninguna. El bosque entero estaba lleno de ellas, pero eran tan huidizas que ningún cazador podía capturarlas. Eso lo sabía el gato y se propuso que él haría mejor las cosas. Cuando llegó al bosque abrió el saco, esparció por dentro el grano y la cuerda la colocó sobre la hierba, metiendo el cabo en un seto. Allí se escondió él mismo y se puso a rondar y a acechar. Pronto llegaron corriendo las perdices, encontraron el grano y se fueron metiendo en el saco una detrás de otra. Cuando ya había una buena cantidad dentro el gato tiró de la cuerda, cerró el saco corriendo hacia allí y les retorció el pescuezo. Luego se echó el saco a la espalda y se fue derecho al palacio del rey. La guardia gritó: -¡Alto! ¿Adónde vas? -A ver al rey -respondió sin más el gato. -¿Estás loco? ¡Un gato a ver al rey! -Dejen que vaya -dijo otro-, que el rey a menudo se aburre y quizás el gato lo complazca con sus gruñidos y ronroneos. Cuando el gato llegó ante el rey, le hizo una reverencia y dijo: -Mi señor, el conde -aquí dijo un nombre muy largo y distinguido- presenta sus respetos a su señor el rey y le envía aquí unas perdices que acaba de cazar con lazo. El rey se maravilló de aquellas gordísimas perdices. No cabía en sí de alegría y ordenó que metieran en el saco del gato todo el oro de su tesoro que éste pudiera cargar. -Llévaselo a tu señor y dale además muchísimas gracias por su regalo. El pobre hijo del molinero, sin embargo, estaba en casa sentado junto a la ventana con la cabeza apoyada en la mano, pensando que ahora se había gastado lo último que le quedaba en las botas del gato y dudando que éste fuera capaz de darle algo de importancia a cambio. Entonces entró el gato, se descargó de la espalda el saco, lo desató y esparció el oro delante del molinero. -Aquí tienes algo a cambio de las botas, y el rey te envía sus saludos y te da muchas gracias. El molinero se puso muy contento por aquella riqueza, sin comprender todavía muy bien cómo había ido a parar allí. Pero el gato se lo contó todo mientras se quitaba las botas y luego le dijo: -Ahora ya tienes suficiente dinero, sí, pero esto no termina aquí. Mañana me pondré otra vez mis botas y te harás aún más rico. Al rey le he dicho también que tú eras un conde. Al día siguiente, tal como había dicho, el gato, bien calzado, salió otra vez de caza y le llevó al rey buenas piezas. Así ocurrió todos los días, y todos los días el gato llevaba oro a casa y el rey llegó a apreciarlo tanto que podía entrar y salir y andar por palacio a su antojo. Una vez estaba el gato en la cocina del rey calentándose junto al fogón, cuando llegó el cochero maldiciendo: -¡Que se vayan al diablo el rey y la princesa! ¡Quería ir a la taberna a beber y a jugar a las cartas, y ahora resulta que tengo que llevarles de paseo al lago! Cuando el gato oyó esto, se fue furtivamente a casa y le dijo a su amo: -Si quieres convertirte en conde y ser rico, sal conmigo y vente al lago y báñate. El molinero no supo qué contestar, pero siguió al gato. Fue con él, se desnudó por completo y se tiró al agua. El gato, por su parte, tomó la ropa, se la llevó de allí y la escondió. Apenas terminó de hacerlo, llegó el rey y el gato empezó a lamentarse con gran pesar: -¡Ay, clementísimo rey! ¡Mi señor se estaba bañando aquí en el lago y ha venido un ladrón que le ha robado la ropa que tenía en la orilla, y ahora el señor conde está en el agua y no puede salir, y como siga mucho tiempo ahí, se resfriará y morirá! Al oír aquello, el rey dio la voz de alto y uno de sus siervos tuvo que regresar a toda prisa a buscar ropas del rey. El señor conde se puso las lujosísimas ropas del rey y, como ya de por sí el rey le tenía afecto por las perdices que creía haber recibido de él, tuvo que sentarse a su lado en la carroza. La princesa tampoco se enfadó por ello, pues el conde era joven y bello y le gustaba bastante. El gato, por su parte, se había adelantado y llegó a un gran prado donde había más de cien personas recogiendo heno. -Eh, ¿de quién es este prado? -preguntó el gato. -Del gran mago. -Escuchen: el rey pasará pronto por aquí. Cuando pregunte de quién es este prado, contesten que del conde. Si no lo hacen, morirán todos. A continuación el gato siguió su camino y llegó a un trigal tan grande que nadie podía abarcarlo con la vista. Allí había más de doscientas personas segando. -Eh, gente, ¿de quién es este grano? -Del mago. -Escuchen: el rey va a pasar ahora por aquí. Cuando pregunte de quién es este grano, contesten que del conde. Si no lo hacen, morirán todos. Finalmente el gato llegó a un magnífico bosque. Allí había más de trescientas personas talando los grandes robles y haciendo leña. -Eh, gente, ¿de quién es este bosque? -Del mago. -Escuchen: el rey va a pasar ahora por aquí. Cuando pregunte de quién es este bosque, contesten que del conde. Si no lo hacen así, morirán todos. El gato continuó aún más adelante y toda la gente lo siguió con la mirada, y como tenía un aspecto tan asombroso y andaba por ahí con botas como si fuera una persona, todos se asustaban de él. Pronto llegó al palacio del mago, entró con descaro y se presentó ante él. El mago lo miró con desprecio y le preguntó qué quería. El gato hizo una reverencia y dijo: -He oído decir que puedes transformarte a tu antojo en cualquier animal. Si es en un perro, un zorro o también un lobo, puedo creérmelo, pero en un elefante me parece totalmente imposible, y por eso he venido, para convencerme por mí mismo. El mago dijo orgulloso: -Eso para mí es una minucia. Y en un instante se transformó en un elefante. -Eso es mucho, pero ¿puedes transformarte también en un león? -Eso tampoco es nada para mí -dijo el mago, que se convirtió en un león delante del gato. El gato se hizo el sorprendido y exclamó: -¡Es increíble, inaudito! ¡Eso no me lo hubiera imaginado yo ni en sueños! Pero aún más que todo eso sería si pudieras transformarte también en un animal tan pequeño como un ratón. Seguro que tú puedes hacer más cosas que cualquier otro mago del mundo, pero eso sí que será imposible para ti. El mago, al oír aquellas dulces palabras, se puso muy amable y dijo: -Oh, sí, querido gatito, eso también puedo hacerlo. Y, dicho y hecho, se puso a dar saltos por la habitación convertido en ratón. El gato lo persiguió, lo atrapó de un salto y se lo comió. El rey, por su parte, seguía paseando con el conde y la princesa y llegó al gran prado. -¿De quién es este heno? -preguntó el rey. -¡Del señor conde! -exclamaron todos, tal como el gato les había ordenado. -Ahí tienes un buen pedazo de tierra, señor conde -dijo. Después llegaron al gran trigal. -Eh, gente, ¿de quién es este grano? -Del señor conde. -¡Vaya, señor conde, grandes y bonitas tierras tienes! A continuación llegaron al bosque. -Eh, gente, ¿de quién es este bosque? -Del señor conde. El rey se quedó aún más asombrado y dijo: -Tienes que ser un hombre rico, señor conde. Yo no creo que tenga un bosque tan magnífico como éste. Al fin llegaron al palacio. El gato estaba arriba, en la escalera, y cuando la carroza se detuvo bajó corriendo de un salto, abrió las puertas y dijo: -Señor rey, ha llegado al palacio de mi señor, el señor conde, a quien este honor le hará feliz para todos los días de su vida. El rey se apeó y se maravilló del magnífico edificio, que era casi más grande y más hermoso que su propio palacio. El conde, por su parte, condujo a la princesa escaleras arriba hacia el salón, que deslumbraba por completo de oro y piedras preciosas. Entonces la princesa le fue prometida en matrimonio al conde, y cuando el rey murió se convirtió en rey. Y el gato con botas, por su parte, en primer ministro. FIN
El joven gigante Un labrador tenía un hijo tan grande como el dedo pulgar. Nunca crecía, y en muchos años su estatura no aumentó ni en un solo dedo. Un día en que iba su padre a trabajar al campo, le dijo el pequeño: -Padre, quiero ir contigo. -¿Venir conmigo? -dijo el padre-; ¡quédate ahí! Fuera de casa no servirías más que para incomodar; y además podrías perderte. Pero el enano se echó a llorar y, por tener paz, lo metió su padre en el bolsillo y lo llevó consigo. En cuanto llegó a la tierra que iba a arar, lo sentó en un surco recién abierto. Estando allí se apareció un gigante muy grande que venía del otro lado de las montañas: -Mira, el coco -le dijo su padre, que quería meterle miedo a su hijo para que fuera más obediente-; viene a cogerte. Pero el gigante, que había oído esto, llegó en dos pasos al surco, cogió al enanito y se le llevó sin decir una palabra. El padre, mudo de asombro, no tuvo fuerzas ni aun para dar un grito. Creyó perdido a su hijo, y no esperó volverlo a ver más. El gigante se le llevó a su casa y lo crió por sí mismo, y el enanito tomó de repente una gran estatura, creció y llegó a ser parecido a un gigante. Al cabo de dos años el gigante fue con él al bosque, para probarlo, y le dijo: -Cógeme una varilla. El muchacho era ya tan fuerte, que arrancó de la tierra un arbolito con raíces. Pero el gigante se propuso que creciera todavía más, y llevándoselo consigo, lo crió todavía durante otros dos años. Al cabo de este tiempo, habían aumentado de tal modo sus fuerzas, que arrancaba de la tierra un árbol aunque fuera muy viejo. Pero esto no era suficiente para el gigante; lo crió todavía durante otros dos años, al cabo de los cuales fue con él al bosque, y le dijo: -Cógeme un palo de un tamaño regular. El joven arrancó de la tierra la encina mayor del bosque, que dio un horrible estallido, no siendo este esfuerzo más que un juego para él. -Está bien -dijo el gigante- ya ha concluido tu educación. Y lo llevó a la tierra donde lo había cogido. Hallábase ocupado en labrar su padre, cuando se acercó a él el joven gigante y le dijo: -Ya estoy aquí, padre mío, y hecho todo un hombre. El labrador, asustado, exclamó: -No, tú no eres mi hijo, yo no te quiero; márchate. -Sí, yo soy tu hijo. Déjame trabajar en tu lugar. Araré tan bien y mejor que tú. -No, no, tú no eres mi hijo, y tú no sabes arar; márchate. Pero, como tenía miedo al coloso, dejó el arado y se puso a alguna distancia. Entonces, el joven, cogiendo su instrumento con una sola mano, se apoyó encima con tal fuerza, que la reja se hundió profundamente en la tierra. El labrador no pudo dejar de gritarle: -Si quieres arar, no debes profundizar tanto, pues te saldrá muy mal el trabajo. El joven desenganchó entonces los caballos y se enganchó al arado, diciendo a su padre: -Ve a casa, y dile a mi madre que me prepare una comida abundante; entretanto acabaré de arar esta tierra. El labrador fue a su casa y se lo dijo todo a su mujer. En cuanto al joven gigante, aró toda la tierra, que tendría muy bien dos fanegas, por sí solo, y enseguida la rastrilló arrastrando dos rastrillos a la vez. Cuando hubo concluido fue al bosque, arrancó dos encinas que se echó al hombro, y colgando en la una los dos rastrillos, y en la otra los dos caballos, lo llevó todo a casa de sus padres con la misma facilidad que si fuera una paja. Cuando entró en el patio, su madre, que no lo reconocía, exclamó: -¿Quién es ese horrible gigante? -Es nuestro hijo -dijo el labrador. -No -dijo ella- no es nuestro hijo; nuestro hijo ha muerto ya. Nosotros no hemos tenido nunca ninguno tan grande: el nuestro era muy pequeñito. Y dirigiéndose a él: -Márchate -le gritó-; nosotros no te queremos. El joven no le contestó. Llevó los caballos a la cuadra, les dio heno y avena y los cuidó perfectamente. Después, cuando hubo concluido, entró en el cuarto, y sentándose en el banco: -Madre -dijo-, tengo hambre, ¿está pronta la comida? -Sí -respondió, y puso delante de él dos platos muy grandes, llenos hasta arriba, y que hubieran bastado para comer ella y su marido durante ocho días. El joven se comió todo; enseguida preguntó si había algo más. -No; eso es todo lo que tenemos. -Eso apenas ha bastado para abrirme el apetito; necesito otra cosa. -La madre no se atrevió a negarse: puso a la lumbre una marmita muy grande, llena de tocino, y se la dio en cuanto estuvo cocida. -Vamos -dijo- ahora ya se puede tomar un bocado. Y se lo tragó todo sin que se le quitase el hambre. Entonces dijo a su padre: -Veo que en casa no hay lo que necesito para comer. Búscame una barra de hierro, bastante fuerte, que no se rompa encima de mi rodilla y me iré a correr el mundo. El labrador estaba admirado. Enganchó los dos caballos al carro y trajo de la fragua una barra de hierro tan grande y tan gruesa que apenas podían arrastrarla los dos caballos. El joven la cogió y la rompió en su rodilla como una paja; tiró los pedazos a un lado. El padre enganchó cuatro caballos y trajo otra barra de hierro, mucho más grande y fuerte que la primera. Pero su hijo la rompió también encima de la rodilla, diciendo: -Esta tampoco vale nada, tráeme otra más fuerte. El padre enganchó por último ocho caballos y trajo una que apenas podían arrastrarla todos ellos. En cuanto la cogió el hijo en su mano, rompió un poco de una punta; y dijo a su padre: -Ahora veo que no puedes procurarme una barra de hierro como la que necesito. Me marcho de tu casa. Para correr el mundo se hizo herrero. Llegó a una ciudad donde había un herrero muy avaro que no daba nunca nada a nadie y quería guardárselo todo para él solo. Se presentó en la fragua y le pidió trabajo. El maestro se admiró de ver un joven tan vigoroso, y contó con que daría buenos martillazos y ganaría bien su dinero. -¿Cuánto quieres de jornal? -le preguntó. -Nada -respondió el otro- pero cada quincena cuando pagues a los demás quiero darte dos puñetazos, que quedarás obligado a recibir. El avaro quedó muy satisfecho del contrato, que le ahorraba mucho dinero. Al día siguiente el oficial forastero fue el que dio el primer martillazo cuando el maestro llevó la barra de hierro, ardiendo; le dio tal golpe, que el hierro se rompió, y saltó, y el yunque se hundió tan profundamente en el suelo que no pudieron volverlo a sacar. El maestro, incomodado, le dijo: No sirves para el oficio, porque pegas muy fuerte; ¿qué quieres que te dé por ese martillazo que has pegado? -No quiero más que darte un puntillazo, uno solo. Y le dio tal puntillazo, que le hizo saltar por encima de cuatro carros de heno. Después buscó la barra de hierro más gruesa que pudo hallar en la fragua, y cogiéndola como un bastón, continuó su camino. Un poco más lejos llegó á una granja, y preguntó a su dueño si necesitaba algún criado. -Sí -le respondió- necesito uno. Tú me pareces un muchacho muy vigoroso y que sabes ya tu obligación. Pero ¿cuanto quieres de salario? Le respondió que no quería salario y se contentaba con darle todos los años tres trompis, que se obligaría a recibir. El extranjero se alegró mucho de este contrato porque era también muy avaricioso. Al día siguiente había que ir a buscar madera al bosque; los otros criados estaban ya de pie, pero nuestro joven se hallaba aun en la cama. Uno de ellos le gritó: -Levántate, que ya es hora, vamos al bosque y es preciso que vengas con nosotros. -Vayan adelante -contestó bruscamente- estaré de vuelta mucho antes que ustedes. Los otros fueron a buscar al amo y le dijeron que el criado nuevo estaba todavía acostado y no quería ir con ellos al bosque. El amo les dijo que fueran a despertarlo otra vez y le dieron orden de enganchar los caballos. Pero nuestro hombre les volvió a responder: -Vayan adelante, que yo estaré de vuelta antes que ustedes. Todavía estuvo acostado dos horas; al cabo de este tiempo se levantó y después de haber cogido dos fanegas de guisantes y hacerse un buen cocido que comió tranquilamente enganchó los caballos para conducir la carreta al bosque. Para llegar a este sitio había que pasar por un camino que se hallaba en una hondonada; hizo pasar primero la carreta, después, deteniendo los caballos, volvió atrás y cubrió el camino con árboles y malezas, de modo que no era posible pasar. Cuando entró en el bosque los otros volvían ya con sus carretas cargadas, y les dijo: -Vayan adelante, que yo estaré en casa antes que ustedes. Sin andar más, se contentó con arrancar dos árboles enormes que echó en su carreta, y después se volvió por el mismo camino. Cuando los halló detenidos y sin poder pasar delante de los árboles que había preparado con aquel objeto, les dijo: -Si se hubieran quedado en casa esta mañana como yo, habrían dormido una hora más, y no entrarían esta noche otra más tarde. Y como no podían avanzar sus caballos, los desenganchó, los puso encima de la carreta, y cogiendo él mismo la lanza en la mano, cargó con todo como si fuera un puñado de plumas. Cuando estuvo al otro lado: Vean -les dijo- cómo llego mucho antes que ustedes. Y continuó su camino sin aguardarlos. Al llegar cogió un árbol en la mano y lo enseñó al amo, diciendo: -¿No es este un hermoso tronco? El amo dijo a su mujer: -Este es un buen criado: si se levanta más tarde que los demás, también está de regreso antes que ellos. Sirvió al granjero durante un año. Cuando éste expiró y recibieron su salario los otros criados, quiso también cobrarse el suyo. Pero el amo, atemorizado ante la perspectiva de los golpes que tenía que recibir, le suplicó en el acto se los perdonase, declarándole que prefería ser él mismo su criado y cederle la granja. -No -le respondió- yo no quiero la granja, soy criado, y quiero continuar siéndolo, pero lo que se ha convenido debe ejecutarse. El granjero le ofreció darle todo lo que quisiera, pero fue en vano, pues respondía siempre: -No. Le pidió un plazo de quince días para buscar alguna escapatoria. El otro consintió. El arrendatario reunió entonces a todos sus criados y les pidió su parecer. Después de haber reflexionado por mucho tiempo, respondieron que con un criado semejante nadie estaba seguro de su vida, y que mataría a un hombre como a una mosca. Fueron, pues, de parecer que se le hiciera bajar al pozo, so pretexto de limpiarlo, y en cuanto estuviera abajo, echarle encima de la cabeza una porción de piedras de molino que estaban allí cerca, de modo que lo matasen en el acto. El consejo agradó al arrendatario y el criado se apresuró a bajar al pozo. En cuanto estuvo en el fondo, le arrojaron aquellas enormes piedras creyendo que le desharían la cabeza, pero él les gritaba desde abajo: -Echen las gallinas de ahí, arañan en la arena, y me cae en los ojos, me han cegado. El arrendatario hizo ¡spcha! ¡spcha! como si echara las gallinas. Cuando concluyó y subió el criado. -Mira -le dijo- qué hermoso collar. Era la mayor de las piedras que tenía alrededor del cuello. El criado seguía exigiendo su salario, pero el arrendatario le pidió otros quince días, decidido a reflexionarlo. Sus criados le aconsejaron enviase al joven a un molino encantado, para moler el grano durante la noche, pues nadie había salido vivo al día siguiente. Este consejo agradó al arrendatario, y en el mismo instante envió a su criado al molino a llevar ocho fanegas de trigo y molerlas durante la noche, porque estaban ya haciendo falta. El criado echó dos fanegas de trigo en su bolsillo derecho, dos en el izquierdo, se cargó cuatro en una alforja, dos por delante y dos por detrás, y marchó corriendo al molino. El molinero le dijo que podía muy bien moler de día y no de noche, pues todos los que se aventuraban a ello, habían aparecido muertos a la mañana siguiente. -No moriré yo. Váyanse a acostar y duerman sin cuidado. Y entrando en el molino empezó a moler el trigo como si no se tratase de nada. Hacia las once de la noche entró en el cuarto del molinero, y se sentó en un banco. Al cabo de un instante se abrió la puerta por sí misma y se vio entrar una mesa muy grande, en la que se colocaron por sí solos una multitud de platos y de botellas llenos de las cosas más exquisitas, sin que apareciera nadie para llevarlos. Los taburetes se colocaron también alrededor de la mesa, sin que se presentase nadie, pero el joven vio al fin dedos sin mano ni nada que iban y venían a los platos, y manejaban los tenedores y los cuchillos. Como tenía hambre y le olían bien los manjares, se sentó también a la mesa y comió con apetito. Cuando hubo concluido de cenar y los platos vacíos anunciaron que los invisibles habían concluido también, oyó claramente que apagaban las luces y se apagaron todas de repente. Entonces, en la oscuridad, sintió en su mejilla una cosa parecida a un bofetón, y dijo en voz alta: -Si empiezas, empiezo yo también. Recibió sin embargo un segundo bofetón y correspondió entonces. Los bofetones dados y devueltos continuaron toda la noche, y el joven gigante no se quedó atrás en el juego. Al amanecer cesó todo. Llegó el molinero y se admiró de hallarlo vivo todavía. -Me he regalado bien -dijo el gigante- he recibido bofetones, pero también los he dado. El molinero se puso muy contento, porque ya estaba desencantado su molino; quería dar al joven gigante mucho dinero para recompensarle. -No quiero dinero -le dijo- tengo más del que necesito. Y echándose sus sacos de harina a las espaldas, volvió a la granja, y declaró al arrendatario que estaba concluida su comisión y quería su salario. El arrendatario estaba asustado; no podía estar quieto en un lugar, iba y venía por el cuarto, y las gotas de sudor le caían por el rostro. Para respirar un poco abrió la ventana; pero antes que tuviera tiempo de desconfiar, le dio un puntillón el criado, que le hizo salir volando por la ventana y subir por el aire, en que continuó hasta perderse de vista. Entonces dijo el criado a la arrendataria: -Ahora te toca a ti, pues tu marido no ha podido recibir el segundo puntillón. Pero ella exclamó: -No, no, a las mujeres no se les pega. Y abrió la otra ventana, porque le corría el sudor por la frente, pero recibió un puntillón que la echó a volar por el aire, más alto todavía que a su marido, porque era mucho más ligera. Su marido la gritaba: -Ven conmigo. Y ella le respondía: -Ven conmigo tú, pues no puedo ir yo. Y continuaron flotando en el aire, sin conseguir reunirse, y quizá flotan en él todavía. En cuanto al joven gigante, cogió su barra de hierro y se puso en camino. FIN
El hombre de la piel de oso Un joven se alistó en el ejército y se portó con mucho valor, siendo siempre el primero en todas las batallas. Todo fue bien durante la guerra, pero en cuanto se hizo la paz, recibió la licencia y orden para marcharse donde le diera la gana. Habían muerto sus padres y no tenía casa, suplicó a sus hermanos que le admitiesen en la suya hasta que volviese a comenzar la guerra; pero tenían el corazón muy duro y le respondieron que no podían hacer nada por él, que no servía para nada y que debía salir adelante como mejor pudiese. El pobre diablo no poseía más que su fusil; se lo echó a la espalda y se marchó a la ventura. Llegó a un desierto muy grande, en el que no se veía más que un círculo de árboles. Se sentó allí a la sombra, pensando con tristeza en su suerte. -No tengo dinero, no he aprendido ningún oficio; mientras ha habido guerra he podido servir al rey, pero ahora que se ha hecho la paz no sirvo para nada; según voy viendo tengo que morirme de hambre. Al mismo tiempo oyó ruido y levantando los ojos, distinguió delante de sí a un desconocido vestido de verde con un traje muy lujoso, pero con un horrible pie de caballo. -Sé lo que necesitas -le dijo el extraño-, que es dinero; tendrás tanto como puedas desear, pero antes necesito saber si tienes miedo, pues no doy nada a los cobardes. -Soldado y cobarde -respondió el joven- son dos palabras que no se han hermanado nunca. Puedes someterme a la prueba que quieras. -Pues bien -repuso el forastero- mira detrás de ti. El soldado se volvió y vio un enorme oso que iba a lanzarse sobre él dando horribles gruñidos. -¡Ah! ¡ah! -exclamó- voy a romperte las narices y a quitarte las ganas de gruñir. -Y echándose el fusil a la cara, le dio un balazo en las narices y el oso cayó muerto en el acto. -Veo -dijo el forastero- que no te falta valor, pero debes llenar además otras condiciones. -Nada me detiene -replicó el soldado que veía bien con quién tenía que habérseles- siempre que no se comprometa mi salvación eterna. -Tú juzgarás por ti mismo -le respondió el hombre-. Durante siete años no debes lavarte ni peinarte la barba ni el pelo, ni cortarte las uñas, ni rezar. Voy a darte un vestido y una capa que llevarás durante todo este tiempo. Si mueres en este intervalo me perteneces a mí, pero si vives más de los siete años, serás libre y rico para toda tu vida. El soldado pensó en la gran miseria a que se veía reducido; él que había desafiado tantas veces la muerte, podía muy bien arriesgarse una vez más. Aceptó. El diablo se quitó su vestido verde y se le dio diciéndole: -Mientras lleves puesto este vestido, siempre que metas la mano en el bolsillo sacarás un puñado de oro. Después quitó la piel al oso y añadió: -Esta será tu capa y también tu cama, pues no debes tener ninguna otra, y a causa de este vestido te llamarán Piel de Oso. El diablo desapareció enseguida. El soldado se puso su vestido y metiendo la mano en el bolsillo, vio que el diablo no lo había engañado. Se endosó también la piel de oso y se puso a correr el mundo dándose buena vida y no careciendo de nada de lo que hace engordar a las gentes y enflaquecer al bolsillo. El primer año tenía una figura pasadera, pero al segundo tenía todo el aire de un monstruo. Los cabellos le cubrían la cara casi por completo, la barba se había mezclado con ellos, y se hallaba su rostro tan lleno de cieno, que si hubieran sembrado yerba en él hubiese nacido de seguro. Todo el mundo huía de él; sin embargo, como socorría a todos los pobres pidiéndoles rogasen a Dios porque no muriese en los siete años, y como hablaba como un hombre de bien, siempre hallaba buena acogida. Al cuarto año entró en una posada, cuyo dueño no quería recibirle ni aun en la caballeriza, por temor de que no asustase a los caballos. Pero cuando Piel de Oso sacó un puñado de monedas de su bolsillo, se dejó ganar el patrón y le dio un cuarto en la parte trasera del patio a condición de que no se dejaría ver para que no perdiese su reputación el establecimiento. Una noche estaba sentado Piel de Oso en su cuarto, deseando de todo corazón la conclusión de los siete años, cuando oyó llorar en el cuarto inmediato. Como tenía buen corazón, abrió la puerta y vio a un anciano que sollozaba con la cabeza entre las manos. Pero viendo entrar a Piel de Oso, el hombre asustado quiso huir. Mas se tranquilizó por último oyendo una voz humana que le hablaba, y Piel de Oso concluyó, a fuerza de palabras amistosas, por hacerle referir la causa, de su disgusto. Había perdido todos sus bienes y estaba reducido con sus hijas a tal miseria que no podía pagar al huésped y lo iban a meter preso. -Si no tienes otro problema -le dijo Piel de Oso- poseo dinero bastante para sacarte de tu apuro. -Y mandando venir al posadero le pagó, y, dio además a aquel desgraciado una fuerte suma para sus necesidades. El anciano, viéndose salvado, no sabía cómo manifestar su reconocimiento. -Ven conmigo -le dijo- mis hijas son modelos de hermosura, elegirás una por mujer y no se negará en cuanto sepa lo que acabas de hacer por mí. Tu aire es en verdad un poco extraño, pero una mujer te reformará bien pronto. Piel de Oso consintió en acompañar al anciano, mas cuando la hija mayor vio su horrible rostro, echó a correr asustada dando gritos de espanto. La segunda lo miró a pie firme y después de haberlo contemplado de arriba abajo, dijo: -¿Cómo aceptar un marido que no tiene figura humana? Preferiría el oso afeitado que vi un día en la feria, y que estaba vestido de hombre con una pelliza de húsar y sus guantes blancos. Al menos no era más que feo y podía una acostumbrarse a él. Pero la menor dijo: -Querido padre, debe ser un hombre muy honrado, puesto que nos ha socorrido; le has prometido una mujer y es preciso hacer honor a tu palabra. -Por desgracia el rostro de Piel de Oso estaba cubierto de pelo y de barro, pues si no se hubiera podido ver brillar la alegría que rebosó en su corazón al oír estas palabras. Quitó un anillo de su dedo, lo partió en dos, dio la mitad a su prometida, recomendándole que lo guardase mientras él conservaba la otra. En la mitad que le dio inscribió su propio nombre, y el de la joven en la que guardó para sí. Después se despidió de ella, diciendo: -Te dejo hasta dentro de tres años. Si vuelvo nos casaremos, pero si no vuelvo es que he muerto y entonces serás libre. Pide a Dios que me conserve la vida. La pobre joven estaba siempre triste desde aquel día y se le saltaban las lágrimas cuando se acordaba de su futuro marido. Sus hermanas, por su parte, la dirigían las chanzas más groseras. -Ten cuidado -decía la mayor- cuando le des la mano, no te desuelle con su pata. -Desconfía de él -le decía la segunda- los osos son aficionados a la carne blanca; si le gusta te comerá. -Tendrás que hacer siempre su voluntad -añadía la mayor- pues de otro modo no te faltarán gruñidos. -Pero -añadía la segunda- el baile de la boda será alegre; los osos bailan mucho y bien. La pobre joven dejaba hablar a sus hermanas sin incomodarse. En cuanto al hombre de la Piel de Oso, andaba siempre por el mundo haciendo todo el bien que podía y dando generosamente a los pobres para que pidiesen por él. Cuando llegó al fin el último día de los siete años, volvió al desierto y se puso en la plazuela de árboles. Se levantó un aire muy fuerte, y no tardó en presentarse el diablo de muy mal humor; dio al soldado sus vestidos viejos y le pidió el suyo verde. -Espera -dijo Piel de Oso- es preciso que me limpies antes. El diablo se vio obligado, bien a pesar suyo, a ir a buscar agua y lavarle, peinarle el pelo y cortarle las uñas. El joven tomó el aire de un bravo soldado mucho mejor mozo de lo que era antes. Piel de Oso se sintió aliviado de un gran peso cuando partió el diablo sin atormentarle de ningún otro modo. Volvió a la ciudad y se puso un magnífico vestido de terciopelo, y subiendo a un coche tirado por cuatro caballos blancos se hizo conducir a casa de su prometida. Nadie lo conoció; el padre lo tomó por un oficial superior y lo condujo al cuarto donde se hallaban sus hijas. Las dos mayores lo hicieron sentar a su lado, le sirvieron una excelente comida, y declararon que no habían visto nunca un caballero tan buen mozo. En cuanto a su prometida, estaba sentada enfrente de él con su vestido negro, los ojos bajos y sin decir una sola palabra. El padre le preguntó, por último, si quería casarse con alguna de sus hijas, y las dos mayores corrieron a su cuarto para vestirse, pensando cada una de ellas que sería la preferida. El forastero se quedó solo con su prometida, sacó la mitad del anillo que llevaba en el bolsillo y lo echó en un vaso de vino que le ofreció. Cuando se puso a beber y distinguió aquel fragmento en el fondo del vaso; se estremeció su corazón de alegría. Cogió la otra mitad que llevaba colgada al cuello y la acercó a la primera, uniéndose ambas exactamente. Entonces él le dijo: -Soy tu prometido, el que has visto bajo una piel de oso; ahora, por la gracia de Dios, he recobrado la figura humana y estoy purificado de mis pecados. Y tomándola en sus brazos, la estrechaba en ellos cariñosamente en el momento mismo en que entraban sus dos hermanas con sus magníficos trajes; pero cuando vieron que aquel joven tan buen mozo era para su hermana y que era el hombre de la piel de oso, se marcharon llenas de disgusto y cólera. La primera se tiró a un pozo y la segunda se colgó de un árbol. Por la noche llamaron a la puerta, y yendo a abrir el marido, vio al diablo con su vestido verde que le dijo: -No he salido mal; he perdido un alma pero he ganado dos. FIN > La Cenicienta [Cuento. Texto completo.] Hermanos Grimm Un hombre rico tenía a su mujer muy enferma, y cuando vio que se acercaba su fin, llamó a su hija única y le dijo: -Querida hija, sé piadosa y buena, Dios te protegerá desde el cielo y yo no me apartaré de tu lado y te bendeciré. Poco después cerró los ojos y espiró. La niña iba todos los días a llorar al sepulcro de su madre y continuó siendo siempre piadosa y buena. Llegó el invierno y la nieve cubrió el sepulcro con su blanco manto, llegó la primavera y el sol doró las flores del campo y el padre de la niña se casó de nuevo. La esposa trajo dos niñas que tenían un rostro muy hermoso, pero un corazón muy duro y cruel; entonces comenzaron muy malos tiempos para la pobre huérfana. -No queremos que esté ese pedazo de ganso sentada a nuestro lado, que gane el pan que coma, váyase a la cocina con la criada. Le quitaron sus vestidos buenos, le pusieron una basquiña remendada y vieja y le dieron unos zuecos. -¡Qué sucia está la orgullosa princesa! -decían riéndose, y la mandaron ir a la cocina: tenía que trabajar allí desde por la mañana hasta la noche, levantarse temprano, traer agua, encender lumbre, coser y lavar; sus hermanas le hacían además todo el daño posible, se burlaban de ella y le vertían la comida en la lumbre, de manera que tenía que bajarse a recogerla. Por la noche, cuando estaba cansada de tanto trabajar, no podía acostarse, pues no tenía cama, y la pasaba recostada al lado del fuego, y como siempre estaba llena de polvo y ceniza, le llamaban la Cenicienta. Sucedió que su padre fue en una ocasión a una feria y preguntó a sus hijastras lo que querían que les trajese. -Un bonito vestido -dijo la una. -Una buena sortija, -añadió la segunda. -Y tú, Cenicienta, ¿qué quieres? -le dijo. -Padre, tráeme la primera rama que encuentres en el camino. Compró a sus dos hijastras hermosos vestidos y sortijas adornadas de perlas y piedras preciosas, y a su regreso, al pasar por un bosque cubierto de verdor, tropezó con su sombrero en una rama de zarza, y la cortó. Cuando volvió a su casa dio a sus hijastras lo que le habían pedido y la rama a la Cenicienta, la cual se lo agradeció; corrió al sepulcro de su madre, plantó la rama en él y lloró tanto que, regada por sus lágrimas, no tardó la rama en crecer y convertirse en un hermoso árbol. La Cenicienta iba tres veces todos los días a ver el árbol, lloraba y oraba y siempre iba a descansar en él un pajarillo, y cuando sentía algún deseo, en el acto le concedía el pajarillo lo que deseaba. Celebró por entonces el rey unas grandes fiestas, que debían durar tres días, e invitó a ellas a todas las jóvenes del país para que su hijo eligiera la que más le agradase por esposa. Cuando supieron las dos hermanastras que debían asistir a aquellas fiestas, llamaron a la Cenicienta y la dijeron. -Péinanos, límpianos los zapatos y ponles bien las hebillas, pues vamos a una boda al palacio del Rey. La Cenicienta las escuchó llorando, pues las hubiera acompañado con mucho gusto al baile, y suplicó a su madrastra que se lo permitiese. -Cenicienta -le dijo-: estás llena de polvo y ceniza y ¿quieres ir a una boda? ¿No tienes vestidos ni zapatos y quieres bailar? Pero como insistiese en sus súplicas, le dijo por último: -Se ha caído un plato de lentejas en la ceniza, si las recoges antes de dos horas, vendrás con nosotras: -La joven salió al jardín por la puerta trasera y dijo: -Tiernas palomas, amables tórtolas, pájaros del cielo, vengan todos y ayúdenme a recoger. Las buenas en el puchero, las malas en el caldero. Entraron por la ventana de la cocina dos palomas blancas, y después dos tórtolas y por último comenzaron a revolotear alrededor del hogar todos los pájaros del cielo, que acabaron por bajarse a la ceniza, y las palomas picoteaban con sus piquitos diciendo pi, pi, y los restantes pájaros comenzaron también a decir pi, pi, y pusieron todos los granos buenos en el plato. Aun no había trascurrido una hora, y ya estaba todo concluido y se marcharon volando. Llevó entonces la niña llena de alegría el plato a su madrastra, creyendo que le permitiría ir a la boda, pero ésta le dijo: -No, Cenicienta, no tienes vestido y no sabes bailar, se reirían de nosotras. Mas viendo que lloraba, añadió: -Si puedes recoger de entre la ceniza dos platos llenos de lentejas en una hora, irás con nosotras. Creyendo en su interior que no podría hacerlo, vertió los dos platos de lentejas en la ceniza y se marchó, pero la joven salió entonces al jardín por la puerta trasera y volvió a decir: -Tiernas palomas, amables tórtolas, pájaros del cielo, vengan todos y ayúdenme a recoger. Las buenas en el puchero, las malas en el caldero. Entraron por la ventana de la cocina dos palomas blancas, después dos tórtolas, y por último comenzaron a revolotear alredor del hogar todos los pájaros del cielo que acabaron por bajarse a la ceniza y las palomas picoteaban con sus piquitos diciendo pi, pi, y los demás pájaros comenzaron a decir también pi, pi, y pusieron todas las lentejas buenas en el plato, y aun no había trascurrido media hora, cuando ya estaba todo concluido y se marcharon volando. Llevó la niña llena de alegría el plato a su madrastra, creyendo que le permitiría ir a la boda, pero ésta le dijo: -Todo es inútil, no puedes venir, porque no tienes vestido y no sabes bailar; se reirían de nosotras. Le volvió entonces la espalda y se marchó con sus orgullosas hijas. En cuanto quedó sola en casa, fue la Cenicienta al sepulcro de su madre, debajo del árbol, y comenzó a decir: Arbolito pequeño, dame un vestido; que sea, de oro y plata, muy bien tejido. El pájaro le dio entonces un vestido de oro y plata y unos zapatos bordados de plata y seda; en seguida se puso el vestido y se marchó a la boda; sus hermanas y madrastra no la conocieron, creyendo que sería alguna princesa extranjera, pues les pareció muy hermosa con su vestido de oro, y ni aun se acordaban de la Cenicienta, creyendo que estaría mondando lentejas sentada en el hogar. Salió a su encuentro el hijo del Rey, la tomó de la mano y bailó con ella, no permitiéndole bailar con nadie, pues no la soltó de la mano, y si se acercaba algún otro a invitarla, le decía: -Es mi pareja. Bailó hasta el amanecer y entonces decidió marcharse; el príncipe le dijo: -Iré contigo y te acompañaré -pues deseaba saber quién era aquella joven, pero ella se despidió y saltó al palomar. Entonces aguardó el hijo del Rey a que fuera su padre y le dijo que la doncella extranjera había saltado al palomar. El anciano creyó que debía ser la Cenicienta; trajeron una piqueta y un martillo para derribar el palomar, pero no había nadie dentro, y cuando llegaron a la casa de la Cenicienta, la encontraron sentada en el hogar con sus sucios vestidos y un turbio candil ardía en la chimenea, pues la Cenicienta había entrado y salido muy ligera en el palomar y corrido hacia el sepulcro de su madre, donde se quitó los hermosos vestidos que se llevó el pájaro y después se fue a sentar con su basquiña gris a la cocina. Al día siguiente, cuando llegó la hora en que iba a principiar la fiesta y se marcharon sus padres y hermanas, corrió la Cenicienta junto al arbolito y dijo: Arbolito pequeño, dame un vestido; que sea, de oro y plata, muy bien tejido. Entonces el pájaro le dio un vestido mucho más hermoso que el del día anterior y cuando se presentó en la boda con aquel traje, dejó a todos admirados de su extraordinaria belleza; el príncipe que la estaba aguardando le cogió la mano y bailó toda la noche con ella; cuando iba algún otro a invitarla, decía: -Es mi pareja. Al amanecer manifestó deseos de marcharse, pero el hijo del Rey la siguió para ver la casa en que entraba, más de pronto se metió en el jardín de detrás de la casa. Había en él un hermoso árbol muy grande, del cuál colgaban hermosas peras; la Cenicienta trepó hasta sus ramas y el príncipe no pudo saber por dónde había ido, pero aguardó hasta que vino su padre y le dijo: -La doncella extranjera se me ha escapado; me parece que ha saltado el peral. El padre creyó que debía ser la Cenicienta; mandó traer una hacha y derribó el árbol, pero no había nadie en él, y cuando llegaron a la casa, estaba la Cenicienta sentada en el hogar, como la noche anterior, pues había saltado por el otro lado el árbol y fue corriendo al sepulcro de su madre, donde dejó al pájaro sus hermosos vestidos y tomó su basquiña gris. Al día siguiente, cuando se marcharon sus padres y hermanas, fue también la Cenicienta al sepulcro de su madre y dijo al arbolito: Arbolito pequeño, dame un vestido; que sea, de oro y plata, muy bien tejido. Entonces el pájaro le dio un vestido que era mucho más hermoso y magnífico que ninguno de los anteriores, y los zapatos eran todos de oro, y cuando se presentó en la boda con aquel vestido, nadie tenía palabras para expresar su asombro. El príncipe bailó toda la noche con ella y cuando se acercaba alguno a invitarla, le decía: -Es mi pareja. Al amanecer se empeñó en marcharse la Cenicienta, y el príncipe en acompañarla, mas se escapó con tal ligereza que no pudo seguirla, pero el hijo del Rey había mandado untar toda la escalera de pega y se quedó pegado en ella el zapato izquierdo de la joven; lo levantó el príncipe y vio que era muy pequeño, bonito y todo de oro. Al día siguiente fue a ver al padre de la Cenicienta y le dijo: -He decidido que sea mi esposa a la que venga bien este zapato de oro. Alegráronse mucho las dos hermanas porque tenían los pies muy bonitos; la mayor entró con el zapato en su cuarto para probárselo, su madre estaba a su lado, pero no se lo podía meter, porque sus dedos eran demasiado largos y el zapato muy pequeño. Al verlo le dijo su madre, alargándole un cuchillo: -Córtate los dedos, pues cuando seas reina no irás nunca a pie. La joven se cortó los dedos; metió el zapato en el pie, ocultó su dolor y salió a reunirse con el hijo del rey, que la subió a su caballo como si fuera su novia, y se marchó con ella, pero tenía que pasar por el lado del sepulcro de la primera mujer de su padrastro, en cuyo árbol había dos palomas, que comenzaron a decir. No sigas más adelante, detente a ver un instante, que el zapato es muy pequeño y esa novia no es su dueño. Se detuvo, le miró los pies y vio correr la sangre; volvió su caballo, condujo a su casa a la novia fingida y dijo que no era la que había pedido, que se probase el zapato la otra hermana. Entró ésta en su cuarto y se le metió bien por delante, pero el talón era demasiado grueso; entonces su madre le alargó un cuchillo y le dijo: -Córtate un pedazo del talón, pues cuando seas reina, no irás nunca a pie. La joven se cortó un pedazo de talón, metió un pie en el zapato, y ocultando el dolor, salió a ver al hijo del rey, que la subió en su caballo como si fuera su novia y se marchó con ella; cuando pasaron delante del árbol había dos palomas que comenzaron a decir: No sigas más adelante, detente a ver un instante, que el zapato es muy pequeño y esa novia no es su dueño. Se detuvo, le miró los pies, y vio correr la sangre, volvió su caballo y condujo a su casa a la novia fingida: -Tampoco es esta la que busco -dijo-. ¿Tienen otra hija? -No -contestó el marido- de mi primera mujer tuve una pobre chica, a la que llamamos la Cenicienta, porque está siempre en la cocina, pero esa no puede ser la novia que buscas. El hijo del rey insistió en verla, pero la madre le replicó: -No, no, está demasiado sucia para atreverme a enseñarla. Se empeñó sin embargo en que saliera y hubo que llamar a la Cenicienta. Se lavó primero la cara y las manos, y salió después a presencia del príncipe que le alargó el zapato de oro; se sentó en su banco, sacó de su pie el pesado zueco y se puso el zapato que le venía perfectamente, y cuando se levantó y le vio el príncipe la cara, reconoció a la hermosa doncella que había bailado con él, y dijo: -Esta es mi verdadera novia. La madrastra y las dos hermanas se pusieron pálidas de ira, pero él subió a la Cenicienta en su caballo y se marchó con ella, y cuando pasaban por delante del árbol, dijeron las dos palomas blancas. Sigue, príncipe, sigue adelante sin parar un solo instante, pues ya encontraste el dueño del zapatito pequeño. Después de decir esto, echaron a volar y se pusieron en los hombros de la Cenicienta, una en el derecho y otra en el izquierdo. Cuando se verificó la boda, fueron las falsas hermanas a acompañarla y tomar parte en su felicidad, y al dirigirse los novios a la iglesia, iba la mayor a la derecha y la menor a la izquierda, y las palomas que llevaba la Cenicienta en sus hombros picaron a la mayor en el ojo derecho y a la menor en el izquierdo, de modo que picaron a cada una un ojo; a su regreso se puso la mayor a la izquierda y la menor a la derecha, y las palomas picaron a cada una en el otro ojo, quedando ciegas toda su vida por su falsedad y envidia. FIN
La alondra cantarina y saltarina [Cuento. Texto completo.] Hermanos Grimm Érase una vez un hombre que tenía proyectado un gran viaje, y al despedirse les preguntó a sus tres hijas qué querían que les trajera. La mayor quiso perlas, la segunda diamantes, pero la tercera dijo: -Querido padre, yo quiero una alondra cantarina y saltarina. -Sí, si la puedo conseguir la tendrás -dijo el padre, y besó a las tres y se marchó. Cuando le llegó el momento de regresar de nuevo a casa tenía las perlas y los diamantes para las dos mayores, pero la alondra cantarina y saltarina para la más pequeña la había buscado en vano por todas partes, y eso le daba mucha pena, pues en realidad era su hija favorita. Su camino le llevó entonces por un bosque, y en mitad de él había un magnífico palacio, y cerca del palacio había un árbol, y arriba del todo, en la copa del árbol, vio una alondra que cantaba y saltaba. -¡Vaya, me vienes que ni pintada! -exclamó. Se puso muy contento y llamó a su criado y le mandó que se subiera al árbol y atrapara al animalito. Pero en cuanto éste se acercó al árbol saltó de él un león y se sacudió y pegó tal rugido que temblaron todas las hojas de los árboles. -¡Al que pretenda robarme mi alondra cantarina y saltarina me lo como! Entonces dijo el hombre: -No sabía que el pájaro te pertenecía. ¿No me lo podrías vender? -¡No! -dijo el león-. No hay nada que te pueda salvar, a no ser que me prometas darme lo primero que te encuentres al llegar a casa. Si lo haces, te perdonaré la vida y además te daré el pájaro para tu hija. El hombre, sin embargo, no quería y dijo: -Podría ser mi hija pequeña, que es la que más me quiere y siempre sale corriendo a mi encuentro cuando vuelvo a casa. Pero al criado le entró miedo y dijo: -¡También podría ser un gato o un perro! El hombre entonces se dejó convencer, cogió con el corazón muy triste la alondra cantarina y saltarina y le prometió al león que le daría lo primero con lo que se encontrara en casa. Y cuando entró en su casa lo primero que se encontró no fue sino a su hija menor y más querida, que vino corriendo y le besó y le abrazó, y cuando vio que había traído una alondra cantarina y saltarina se alegró todavía más. El padre, sin embargo, no pudo alegrarse, sino que se echó a llorar y dijo: -¡Ay, qué dolor, mi querida niña! ¡El pequeño pájaro bien caro lo he comprado, pues por él he tenido que prometer que te daría a un león salvaje, y cuando te tenga te hará pedazos y te comerá! Y entonces le contó todo lo que había ocurrido y le suplicó que no fuera, pasara lo que pasara. Pero ella le consoló y le dijo: -Queridísimo padre, si lo has prometido tienes que cumplir tu palabra; iré y ya apaciguaré yo al león para poder volver sana y salva a casa contigo. A la mañana siguiente hizo que le indicaran el camino y se internó confiada en el bosque. El león, sin embargo, era un príncipe encantado y durante el día era un león y con él toda su gente se convertía en león, pero por la noche todos recuperaban su figura habitual. Cuando ella llegó la trató con muchísima amabilidad y se celebró la boda, y por la noche él era un hombre muy guapo, y a partir de entonces velaron por la noche y durmieron durante el día y vivieron felices juntos durante una larga temporada. Una vez llegó él y dijo: -Mañana hay una fiesta en casa de tu padre porque se casa tu hermana la mayor; si te apetece ir te llevarán mis leones. Ella dijo que sí, que le gustaría volver a ver a su padre, y se fue allí y los leones la acompañaron. Cuando llegó hubo una gran alegría, pues todos creían que había muerto hacía ya mucho tiempo despedazada por el león. Ella, sin embargo, les contó lo bien que le iba y se quedó con ellos mientras duró la boda; luego regresó de nuevo al bosque. Cuando la segunda hija se casó y a ella la invitaron de nuevo a la boda, le dijo al león: -Esta vez no quiero estar sola; tienes que venirte conmigo. El león, sin embargo, no quiso y le dijo que eso era demasiado peligroso para él, pues si le daba allí el rayo de alguna luz se transformaría en una paloma y tendría que volar durante siete años con las palomas. Pero ella no le dejó en paz y le dijo que ya cuidaría de él y le protegería de cualquier luz. Así que se fueron los dos juntos y se llevaron también a su pequeño hijo. Ella, sin embargo, hizo que levantaran allí, alrededor de un salón, un muro tan fuerte y tan grueso que no penetrara ningún rayo, y allí tendría que quedarse él cuando encendieran las luces de la boda. Pero la puerta estaba hecha de madera fresca y saltó y se abrió en ella una pequeña grieta de la que nadie se dio cuenta. Entonces se celebró la boda con gran boato, pero cuando la comitiva salió de la iglesia y pasó con muchísimas antorchas y velas al lado del salón, un rayo muy, muy fino cayó sobre el príncipe, y en el mismo momento en que le rozó se transformó, y cuando ella entró a buscarle no le vio; allí lo único que había era una paloma que le dijo: -Siete años tengo que volar ahora por el mundo, pero cada siete pasos dejaré caer una roja gota de sangre y una pluma blanca que te señalarán el camino, y si me sigues podrás salvarme. La paloma entonces salió volando por la puerta y ella la siguió, y cada siete pasos caía una gotita de sangre roja y una plumita blanca y le señalaban el camino. Así, anduvo por el ancho mundo sin parar y sin mirar atrás y sin descansar, y ya casi habían pasado los siete años; entonces se alegró mucho y pensó que ya estaban salvados, pero aún le faltaba mucho para eso. Una vez, según iba andando, ya no cayó ninguna plumita ni ninguna gotita roja de sangre, y cuando abrió bien los ojos la paloma había desaparecido. Y como pensó que ahí los hombres no podían ayudarla, se subió al sol y le dijo: -Tú brillas sobre todas las cumbres y todas las quebradas, ¿no has visto volar una blanca palomita? -No -le contestó el sol-, no he visto ninguna, pero te regalo una cajita; ábrela cuando estés en un gran apuro. Le dio las gracias al sol y siguió adelante hasta que se hizo de noche y salió la luna; entonces le preguntó: -Tú brillas toda la noche sobre todos los campos y bosques, ¿no has visto volar ninguna paloma blanca? -No -dijo la luna-, no he visto ninguna, pero te regalo un huevo; cáscalo cuando estés en un gran apuro. Le dio las gracias a la luna y siguió adelante hasta que sopló el viento nocturno, y entonces le preguntó: -Tú soplas por todos los árboles y por debajo de todas las hojitas, ¿no has visto volar ninguna paloma blanca? -No -dijo el viento nocturno-, no he visto ninguna, pero les preguntaré a los otros tres vientos, quizás ellos la hayan visto. El viento del este y el viento del oeste vinieron y dijeron que ellos no habían visto nada, pero el viento del sur dijo: -La blanca paloma la he visto yo. Se ha ido volando al mar Rojo y allí se ha convertido de nuevo en un león, pues ya han pasado los siete años, y allí está luchando contra un dragón, pero el dragón es una princesa encantada. Entonces el viento nocturno le dijo a ella: -Te voy a dar un consejo: vete al mar Rojo; en la orilla derecha hay grandes cañas, cuéntalas y córtate para ti la undécima y golpea con ella al dragón; así el león podrá vencerlo y ambos recuperarán también su figura humana. Luego mira a tu alrededor y verás en la orilla del mar Rojo al pájaro grifo; móntate en su lomo con tu amado y el pájaro cruzará el mar y los llevará hasta casa. Aquí tienes también una nuez; cuando estés en mitad del mar déjala caer e inmediatamente se abrirá y crecerá sobre las aguas un gran nogal en el que el grifo descansará; si no pudiera descansar no sería lo suficientemente fuerte para llevarlos al otro lado y si se te olvida dejar caer la nuez los arrojará al mar. Ella entonces fue y se lo encontró todo tal como el viento nocturno había dicho, y cortó la undécima caña y golpeó con ella al dragón e inmediatamente el león le venció y ambos recuperaron su cuerpo humano. Y cuando la princesa, que antes era un dragón, se vio libre, el hombre la cogió en brazos, se montó en el pájaro grifo y se la llevó de allí con él. Así que la pobre, que había andado tanto, se quedó allí abandonada de nuevo, pero dijo: -Seguiré andando mientras el viento sople y el gallo cante hasta que le encuentre. Y siguió andando y recorrió largos, largos caminos, hasta que finalmente llegó al palacio en el que ambos vivían juntos; allí oyó que pronto se iba a celebrar una fiesta en la que los dos iban a casarse. Pero ella dijo: -¡Dios me ayudará aún! Y cogió la cajita que le había dado el sol y dentro había un vestido tan reluciente como el propio sol. Lo sacó y se lo puso, y subió al palacio y todos se la quedaron mirando, hasta la propia novia; y le gustó tanto el vestido que pensó que podría ser su traje de novia y le preguntó si no se lo podría vender. -No lo vendo ni por dinero ni por bienes -contestó-, pero sí por carne y por sangre. La novia le preguntó qué quería decir con eso y ella entonces contestó: -Déjame pasar una noche en la cámara donde duerme el novio. La novia no quería, pero al mismo tiempo deseaba tener el vestido, así que finalmente accedió, pero el ayuda de cámara tuvo que darle de beber al príncipe un somnífero. Cuando era ya de noche y el príncipe estaba durmiendo la condujeron a la cámara y entonces se sentó junto a la cama y dijo: -Te he estado siguiendo siete años, he estado con el sol, la luna y los vientos preguntando por ti y te he ayudado a vencer al dragón, ¿es que vas a olvidarte de mí por completo? Pero el príncipe estaba tan profundamente dormido que solamente le pareció como si el viento zumbara fuera entre los abetos. Cuando amaneció la volvieron a sacar de allí y tuvo que entregar el vestido dorado; y como eso tampoco le había servido de nada, se puso muy triste, salió a un prado, se sentó y se echó a llorar. Y mientras estaba allí sentada se acordó del huevo que le había dado la luna y lo cascó. ¡Oh! ¡De él salió una gallina clueca con doce pollitos enteramente de oro que se pusieron a corretear a su alrededor piando y luego se metieron de nuevo bajo las alas de su madre, que no se podía ver cosa más hermosa en el mundo entero! Ella entonces se puso de pie y los hizo corretear por el prado delante de ella hasta que la novia miró por la ventana y al ver a los animalitos le gustaron tanto que bajó inmediatamente y le preguntó si no se los podría vender. -No los vendo ni por dinero ni por bienes, pero sí por carne y por sangre. Déjame dormir otra noche en la cámara donde duerme el novio. La novia dijo que sí y quiso engañarla como la noche anterior, pero cuando el príncipe se fue a la cama le preguntó a su ayuda de cámara qué habían sido los murmullos y los susurros de la noche anterior. Entonces el ayuda de cámara se lo contó todo: que le había tenido que dar de beber un somnífero porque una pobre muchacha había dormido en secreto en la cámara y que esa noche le tenía que dar a beber otro. El príncipe dijo: -Vierte la bebida al lado de la cama. Y por la noche la llevaron otra vez dentro y cuando empezó a contar de nuevo su aciago destino él reconoció enseguida por su voz que era su querida esposa, y saltó de la cama y dijo: -Ahora sí que estoy salvado de verdad. Estaba como en un sueño, pues la princesa extranjera me había hechizado para que te olvidara, pero Dios me ha ayudado en el momento oportuno. Entonces los dos salieron a escondidas del palacio en mitad de la noche, pues temían al padre de la princesa, que era un mago. Y se montaron en el pájaro grifo y éste los llevó sobre el mar Rojo, y cuando estaban en medio de él ella dejó caer la nuez. Inmediatamente creció un gran nogal y el pájaro descansó en él, y luego los llevó hasta su casa, donde encontraron a su hijo, que se había hecho grande y hermoso, y a partir de entonces vivieron felices hasta el fin de sus días. FIN
Hans el tonto [Cuento. Texto completo.] Hermanos Grimm Érase una vez un rey que vivía muy feliz con su hija, que era su única descendencia. De pronto, sin embargo, la princesa trajo un niño al mundo y nadie sabía quién era el padre. El rey estuvo mucho tiempo sin saber qué hacer. Al final ordenó que la princesa fuera a la iglesia con el niño y le pusiera en la mano un limón, y aquel al que se lo diera sería el padre del niño y el esposo de la princesa. Así lo hizo; sin embargo, antes se había dado orden de que no se dejara entrar en la iglesia nada más que a gente noble. Pero había en la ciudad un muchacho pequeño, encorvado y jorobado que no era demasiado listo y por eso le llamaban Hans el tonto, y se coló en la iglesia con los demás sin que nadie le viera, y cuando el niño tuvo que entregar el limón fue y se lo dio a Hans el tonto. La princesa se quedó espantada, y el rey se puso tan furioso que hizo que la metieran con el niño y Hans el tonto en un tonel y lo echaran al mar. El tonel pronto se alejó de allí flotando, y cuando estaban ya solos en alta mar la princesa se lamentó y dijo: -Tú eres el culpable de mi desgracia, chico repugnante, jorobado e indiscreto. ¿Para qué te colaste en la iglesia si el niño no era en absoluto de tu incumbencia? -Oh, sí -dijo el tonto-, me parece a mí que sí que lo era, pues yo deseé una vez que tuvieras un hijo, y todo lo que yo deseo se cumple. -Si eso es verdad, desea que nos llegue aquí algo de comer. -Eso también puedo hacerlo-dijo Hans el tonto, y deseó una fuente bien llena de papas. A la princesa le hubiera gustado algo mejor, pero como tenía tanta hambre lo ayudó a comerse las papas. Citando ya estuvieron hartos dijo Hans el tonto: -¡Ahora deseo que tengamos un hermoso barco! Y apenas lo había dicho se encontraron en un magnífico barco en el que había de todo lo que pudieran desear en abundancia. El timonel navegó directamente hacia tierra, y cuando llegaron y todos habían bajado, dijo Hans el tonto: -¡Ahora que aparezca allí un palacio! Y apareció allí un palacio magnífico, y llegaron unos criados con vestidos dorados e hicieron pasar al palacio a la princesa y al niño, y cuando estaban en medio del salón dijo Hans el tonto: -¡Ahora deseo convertirme en un joven e inteligente príncipe! Y entonces perdió su joroba y se volvió hermoso y recto y amable, y le gustó mucho a la princesa y se convirtió en su esposo. Así vivieron felices una temporada. Un día el viejo rey iba con su caballo y se perdió y llegó al palacio. Se asombró mucho porque jamás lo había visto antes y entró en él. La princesa reconoció enseguida a su padre, pero él a ella no, pues, además, pensaba que se había ahogado en el mar hacía ya mucho tiempo. Ella le sirvió magníficamente bien y cuando el viejo rey ya se iba a ir le metió en el bolsillo un vaso de oro sin que él se diera cuenta. Pero una vez que se había marchado ya de allí en su caballo ella envió tras él a dos jinetes para que lo detuvieran y comprobaran si había robado el vaso de oro, y cuando lo encontraron en su bolsillo se lo llevaron de nuevo al palacio. Le juró a la princesa que él no lo había robado y que no sabía cómo había ido a parar a su bolsillo. -Por eso debe uno guardarse mucho de considerar enseguida culpable a alguien -dijo ella, y se dio a conocer. El rey entonces se alegró mucho, y vivieron muy felices juntos; y cuando él se murió, Hans el tonto se convirtió en rey. FIN El pobre y el rico [C Murió una vez un pobre aldeano que fue a la puerta del Paraíso; al mismo tiempo murió un señor muy rico que subió también al cielo. Llegó san Pedro con sus llaves, abrió la puerta y mandó entrar al señor, pero sin duda no vio al aldeano, pues cerró y lo dejó afuera. Desde allá oyó la alegre recepción que le hacían al rico en el cielo, con músicas y cánticos. Cuando quedó todo en silencio volvió por fin san Pedro y mandó entrar al pobre. Esperaba éste que volverían a continuar los cánticos y músicas, pero todo continuó en silencio. Lo recibieron con mucha alegría, los ángeles salieron a su encuentro, pero no cantó nadie. Preguntó a san Pedro por qué no había música para él como para el rico, o si era que en el cielo reinaban las mismas diferencias que en la tierra. -No -le contestó el santo- el mismo aprecio nos merecen uno que otro, y obtendrás la misma parte que el que acaba de entrar en las delicias del Paraíso; pero mira, pobretones así como tú llegan aquí a centenares todos los días, mientras que ricos como el que acabas de ver entrar apenas viene uno de siglo en siglo. FIN
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